Sunday, August 10, 2014

Memorias del 5 de Agosto de 1994: El Maleconazo

5 de Agosto 1994. La Habana Foto por Karel Poort
Malecón Out (Notas sobre el artículo):
Alrededor del 5 de Agosto en Cuba se ha escrito mucho, y a veces de manera muy liberal. Pienso, sin embargo, que el escrito de  Manuel Cuesta Morúa tiene ese balance preciso y contiene, de todos los que he leído, la opinión más cercana a mi aproximación personal sobre el suceso.
En este post trato de incluir algunos de los artículos que se escribieron alrededor de esta fecha en su 20 aniversario, así como enlaces donde se guarda la memoria visual de lo ocurrido entonces.

A continuación el artículo:

Malecón out.  Malecónfuera.  Más que Maleconazo.  Esta última hipérbole política emparenta, por el nombre, a los sucesos de 1994 en La Habana con los sucesos de 1989 en Caracas, que introdujeron en el vocabulario político el término Caracazo, nacido a partir de otro vocablo, Bogotazo:  el concepto que resumió  la historia de las duras y reprimidas protestas de 1948 en Bogotá, Colombia. En esta línea de acontecimientos se sitúa el México de 1968, con su Tlatelolcazo, de Tlatelolco, el nombre de la plaza en la que fueron sofocadas las protestas estudiantiles en Ciudad México.    
Pero no debemos engañarnos. El asunto solo tiene que ver con un sufijo prestado por la precocidad política. El Maleconazo no describe protestas en el sentido, la intensidad y los propósitos de sus supuestos antecedentes nominales.  Con los hechos de 1994 en Cuba estamos en presencia de la huída, no de protestas contra el régimen.  Ello se vincula más a los sucesos de la Embajada del Perú en 1980, que llevaron a la fractura del  Mariel, que a cualquier protesta de las que buscan cambios o reformas en regímenes percibidos por momentos como antipopulares.  
El Malecón habanero fue, simbólicamente, como el inmenso lago-frontera que separaba la tierra firme de la Isla, de la irrupción posible en la embajada norteamericana.  Esa es la única diferencia con las rejas de la embajada que separaban en 1980 los límites entre Cuba y Perú.  Una diferencia espacial y física, en ningún momento conceptual, entre dos acontecimientos hechos de la misma sustancia social: el hastío existencial frente a un modelo que, paradójicamente, es concebido como inmutable.
1994 fue como la tercera confirmación histórica de ese adagio popular y revolucionario, convertido en silogismo, que todos los cubanos conocemos bien: esto no hay quien lo tumbe, pero no hay quien lo arregle; por lo tanto: la huida. Y curioso es que esta proyección de la sociedad cubana se haya repetido más o menos cada 14 o 15 años. Primero Camarioca, en 1965; luego, 15 años después, el éxodo del Mariel; más tarde, en 1994, el llamado Maleconazo, todo lo cual describe como un ciclo cabalístico que parece cerrarse 19 años después, en 2013, con la reforma migratoria que permite a los cubanos de la Isla, no a todos por cierto, entrar y salir libremente del país.
Pero entre 1965 y 2014 Cuba gotea a su gente.  Lo propio de 1994 fue que concentró en el límite fronterizo a más personas de las que podían salir al mismo tiempo.
Independientemente de su longitud, el Malecón llegó a ser para las fechas una salida estrecha. Nadie podía entrar por sus pies al Lugar, otro nombre popular con el que se conoce en Cuba a los Estados Unidos. Se requería para el propósito poder votar con balsas o con lanchas. No era posible hacerlo con los pies, como había apostrofado Lenin ante los fenómenos de fuga de un pueblo.
Entonces la ilusión. Los titulares decían: "Protestas antigubernamentales en La Habana por primera vez desde el triunfo de la Revolución". Lo que era cierto en la superficie pero generó una percepción distorsionada, una ilusión típicamente óptica, del sentido de unos hechos mejor explicados por la teoría de "voz y salida" del politólogo Albert. O Hirschman. Según ella, la voz se escucha siempre que los pies no encuentren la salida.
El Maleconazo no fue, ni por asomo, la expresión de la voz que se escuchó durante el Bogotazo, el Caracazo o en Tlatelolco. Fue exclusivamente la impotencia verbal de la salida.
Ante el encierro los gritos de descarga, el vandalismo social y la explosión de los malestares acumulados por la insensibilidad de un régimen que pensó, en un error estratégico impresionante, que los cubanos podían alimentarse exclusivamente con la retórica sobre sus héroes.  Pero, como descarga psicológica, los "Abajo Fidel" se disolvieron rápidamente con la presencia física de Fidel Castro, acompañado, desde luego, y como siempre, de sus tropas del denuesto, de palos, cabillas de hierro, piedras y tentetieso.
Los que huyeron después, cuando este decidió abrir las puertas invisibles del lago fronterizo,  casi le saludan en el momento en que Fidel Castro decidió darse un salto por el Malecón para ver lo que pasaba en una parte de su isla. No es de extrañar por ello la alternancia simultánea de los "Abajo" con los "Viva Fidel", en un cachumbambé montado por los que luego armaron tranquilamente sus balsas ante la mirada vigilante del padrecito irritado. Los altos decibeles de los "Viva" apagaban los ecos ya débiles de los "Abajo" como reflejo teatral del acendrado miedo cívico de nosotros los cubanos.  
El Maleconazo debería ser entendido entonces, a 20 años, dentro de nuestra sociología específica, la cual nos enseña que nuestra dinámica y recomposición sociales se articulan básicamente sobre el par agazapamiento/huida.  Los cubanos nos agazapamos políticamente hasta que podamos huir de una situación sentida como insoportable en todos los niveles.  La lealtad afectiva al régimen, real o supuesta, se fractura a través del abandono filial de un hogar construido con celo y castigo por el "Padre" y  la recreación de la casa en otro lugar, preferentemente en el Lugar.
Es por eso que siempre vi los disturbios de 1994, y sigo viéndolos dos décadas después, como el fenómeno de las tres sorpresas. Fue sorprendido el Gobierno, quien nunca asumió que los ciudadanos podrían convertir un espacio tan público y visible como el Malecón en la plaza mayor del descontento social; fue sorprendida la oposición que, con excepciones, no intuyó la protesta masiva, abierta y pública de la ciudadanía; y fueron sorprendidos los propios indignados que, arrastrados por los acontecimientos, nunca se imaginaron a sí mismos gritando consignas antigubernamentales después de haber tomado el probable café de la mañana.
La rápida recomposición del tejido social, una vez que se podía salir sin pedir permiso por un tiempo, muestra la naturaleza excepcional del momento. Un momento imposible de inscribir en algún continuo político anterior o posterior a 1994.  
Veinte años después, continúa en pie la pregunta clave, una pregunta que no debe ser limitada a los últimos 55 años: ¿por qué los cubanos no protestan en masa?  Una respuesta posible, aunque incompleta, puede ser esta: porque tenemos Malecón. Porque podemos hacer lo que mejor sabemos hacer: huir. Hacia dentro o hacia afuera.

por Manuel Cuesta Morúa

Enlaces de Interés:
“El día en que los altos mandos salieron a matar cubanos”: por Carlos Alberto Montaner
“Rebelión en la frontera”: por Andrés Reynaldo
“El Maleconazo visto desde las persianas”: por Ignacio Varona
“El Malecón: frontera de cemento”: por Miriam Celaya
“Recuerdos de un 5 de Agosto: Maleconazo” : Open Cuba
“El Maleconazo: Fotos inéditas del 5 de Agosto de 1994”: por Karel Poort
“El maleconazo 20 años después”: YouTube América TeVé
“El Maleconazo- Cuban Uprising for Freedom on August 5, 1994”: YouTube

Monday, August 4, 2014

Angel Santiesteban: Cronología de una Infamia

De infamias y precedentes (Nota al Artículo):
Por lo imprescindible de conocer en detalle todas los detalles del caso prefabricado contra el laureado escritor cubano, publico esta cronología general realizada por el también escritor cubano Amir del Valle en su Blog “A Título Personal”.
No es la primera vez que un intelectual es encarcelado en Cuba por su posición disidente en contra el régimen de La Habana. Habría que recordar a Padilla que es, quizás, el caso más icónico que se recuerde, pero también está la poeta María Elena Cruz Varela, y están los otros, los que dejaron morir en el silencio: Lezama, Virgilio, Arenas – que también sufrió persecución por su condición homosexual -, y muchos otros que viven en el exilio y conocen de las mismas infamias.
Amir logra, en una excelente síntesis, realizar lo imposible: una cronología perfecta del “Caso Angel”.
A continuación el artículo:

PRIMERA PARTE
El reconocido escritor cubano Ángel Santiesteban Prats ha sido condenado a cinco años de privación de libertad por escribir contra el régimen dictatorial cubano desde su blog “Los hijos que nadie quiso”. La noticia hoy recorre el mundo.
Como parte de la estrategia de represión solapada, practicada por la policía política cubana desde la llegada de Raúl Castro al poder, se intenta criminalizar a este opositor acusándolo de delitos comunes que la defensa ha probado no cometió.
Lo más notorio y vergonzoso de esta injusticia es la intromisión de la policía política en el ámbito procesal y judicial, demostrando una vez más que los gobernantes cubanos operan como dictadores imponiendo sus designios políticos a todos los poderes de la sociedad. Las numerosas violaciones que arroja el caso tramado contra Ángel Santiesteban Prats demuestran claramente que en Cuba no existe desde hace 54 años la separación de poderes, necesaria en cualquier sociedad realmente democrática.
Condenado injustamente, Ángel Santiesteban exige un nuevo proceso judicial, en el cual se respeten todas las garantías legales y sin la intromisión de la policía política cubana, como sucedió en el juicio por el que cumple su actual condena.

 I.- La preparación de la infamia

Uno
Ángel Santiesteban es un escritor que hasta el 2006 fue mencionado por la oficialidad cultural cubana como “uno de los grandes cuentistas surgidos en el período revolucionario”. Dos de sus libros: Sur: latitud 13 (sobre la guerra en Angola) y Dichosos los que lloran son considerados clásicos del cuento en Cuba. Pero por el contenido crítico de sus libros de cuentos, cada publicación de sus libros ha sido posible luego de muchas luchas contra la censura y jamás fue promocionado fuera de la isla.

Dos
Desilusionado por la terrible situación de su pueblo, luego de un viaje a República Dominicana dónde el amigo escritor Camilo Venegas le explica qué cosa es un blog, decide escribir su propio blog y crea en el 2008 Los hijos que nadie quiso, donde ofrece una visión muy crítica del desastre nacional al que el gobierno cubano ha condenado a nuestra isla. Solicitó alojamiento para su blog al Instituto Cubano del Libro y se lo denegaron, por lo cual acudió al sitio digital Encuentro en la red, perteneciente a la Asociación Cultural Encuentro de la Cultura Cubana.

Tres
Numerosos intelectuales al servicio de la dictadura intentan convencerlo de que abandone su posición crítica. Recibe también presiones de la policía política para que deje de escribir. El Ministerio de Cultura decreta una censura silenciosa pero total contra su obra y trabajo intelectual. Comienza en su blog a denunciar estas presiones.
 Cuatro
Es golpeado en las calles de La Habana por falsos delincuentes. Existen evidencias de que fueron agentes de la policía política. Una de las evidencias: mientras lo golpeaba, uno de los supuestos “delincuentes”, le dijo que eso le pasaba por meterse a contrarrevolucionario. Otra evidencia: como respuesta a un post crítico suyo contra la manipulación propagandística oficial del programa “Razones de Cuba”, el 21 de marzo de 2011 ese mismo programa se refiere a su blog declarándolo “Enemigo de la Revolución”.

Cinco
Como ya ha sido demostrado por los abogados independientes que lo defienden, se comienza una sostenida campaña de criminalización intentando aplastar su prestigio, acusándolo de delitos comunes que no cometió. La petición inicial de condena de la Fiscalía pareció dictada para un criminal acusado de genocidio: 54 años de cárcel. La defensa desmonta una a una todas las pruebas inventadas y los cargos más graves son desechados, logrando que la solicitud de condena se reduzca a sólo 15 años. Las autoridades dilatan el proceso escondiendo el expediente que, como se demostró luego, estaba en manos de un oficial de la Seguridad del Estado. Luego de 3 años, finalmente se efectúa la vista pública del juicio y el proceso queda concluso para sentencia.

Seis
En noviembre de 2012, cuando acompañaba a otros opositores ante una Estación de Policía en La Habana, solicitando la liberación de una abogada opositora detenida sin cargos, fue apresado, golpeado salvajemente y amenazado de muerte: Un oficial de la policía política, llamado Camilo, le puso una pistola en la cabeza y amenazó con matarlo, pero luego le dijo que no lo haría allí, que cuando estuviera fuera, lo iban a matar para que pareciera un accidente. También le dice: “¿no te alcanza con los cinco años de cárcel que te vamos a echar?”, cuando aún el Tribunal no ha dictado sentencia.

Siete
El 26 de noviembre de 2012 escribe una carta abierta al presidente-dictador Raúl Castro, acusándolo de toda la represión a la que están sometidos él y otros opositores. Denuncia también en un video que la policía política lo amenazó de muerte.

Ocho
Días después de esta carta, se le comunica el fallo del Tribunal en el juicio en su contra: se le condena a cinco años de cárcel cuando el “delito inventado” sólo merecería una multa, siendo la única evidencia el informe de una perito calígrafa que asegura su culpabilidad por “cierta” inclinación y “tamaño sospechoso” de su letra. A pesar de que el abogado demostró la falsedad de otras pruebas, varias irregularidades que invalidan de hecho el proceso judicial y presentó pruebas científicas que invalidan las pruebas caligráficas, se le condena a cinco años de privación de libertad.

Nueve
Se apela al Tribunal Supremo, organismo de Justicia superior en el país. Sin tener en cuenta que los abogados han demostrado numerosas irregularidades que invalidan el proceso penal, este Tribunal ratifica la condena a cinco años de privación de libertad por “violación de domicilio y agresión”.

Diez
El 28 de febrero es encerrado en la prisión de Valle Grande, una de las prisiones cubanas, como se ha demostrado en numerosas denuncias conocidas internacionalmente, donde más se violan los derechos humanos de los reclusos. Días después fue trasladado al Campamento de Internamiento “La Lima”, en las afueras de Guanabacoa, una instalación destinada a prisioneros condenados por delitos menores.

SEGUNDA PARTE

 II.- La telaraña judicial de la infamia

Falsas evidencias
El 29 de julio de 2009 Ángel Santiesteban es detenido, acusado de haber violado a su ex esposa, Kenia Rodríguez,  de la que lleva separado 4 años y quien ya vive con un miembro del Ministerio del Interior. Se demuestra que Ángel no estaba allí y ella se niega al reconocimiento médico necesario para validar la denuncia.
Una nueva denuncia de la ex esposa, Kenia Rodríguez: se le acusa esta vez  por robo de joyas familiares. Pero se niega a reconocer las joyas en fotos y la denuncia queda sin efecto.
Otra nueva denuncia de la ex esposa, Kenia Rodríguez: ahora por robo de dinero en varios tipos de monedas. Ángel Santiesteban demuestra que tampoco se encontraba en el lugar de los hechos. Ella no ofrece pruebas y la denuncia también se desestima.
Un mes después Ángel Santiesteban coincide en lugar cercano (60 metros) de donde se encontraba su ex esposa Kenia Rodríguez  y es acusado de asedio, pero esta vez la denuncia no es aceptada.
Quince días más tarde, un cortocircuito en una instalación eléctrica en mal estado sobre la que Kenia Rodríguez había sido prevenida por sus vecinos, provoca un incendio en la casa en momentos en que ella no se encontraba dentro. Sin embargo, pone una denuncia contra Ángel Santiesteban por intento de homicidio. Ángel queda libre al demostrar que no estuvo allí, pero al día siguiente lo citan e imponen una multa de 1500 pesos. Se le comunica que no podrá viajar en los próximos días al Festival de La Palabra, en San Juan, Puerto Rico, al cual había sido invitado.
Días más tarde cambian al Oficial Instructor del caso, quien rescata y coloca en un nuevo expediente todos los cargos falsos, anteriormente desechados. La pena de prisión de los supuestos delitos cometidos suma 54  años de privación de libertad.

Irregularidades judiciales
 Presentan un único testigo, quien durante el careo comienza a gritar que no lo obliguen a declarar contra Ángel Santiesteban. Al salir del careo policial, el testigo visita la casa de Ángel y explica delante de vecinos que lo habían obligado a declarar en su contra. Graban sus palabras en video. Al saber que la defensa de Ángel Santiesteban contaba con esa grabación al falso “testigo”, lo retiran de la causa.
El expediente de la causa no aparece en ninguna de las dependencias donde debiera estar según lo establecido por las leyes. Finalmente, acaban reconociendo que se lo habían entregado a un oficial apellidado Ribeiro, en Villa Marista, prisión central de la Seguridad del Estado (policía política de Cuba).
Entre septiembre y octubre de 2011, la abogada defensora denuncia que recibe presiones y acoso por defenderlo. Ángel se ve obligado a contratar a un nuevo abogado: Miguel Iturria Medina, quien logra demostrar la falsedad de los cargos más graves, por lo cual estos cargos se retiran de la acusación. La Fiscalía solicita ahora 15 años en lugar de los 54 anteriores.
Luego de 3 años de espera, en octubre de 2012, se efectúa la vista pública del juicio. El abogado defensor demuestra la inconsistencia de las pocas pruebas presentadas, incluyendo el informe de una Perito Calígrafa que basa la culpabilidad de Ángel en el hecho de que éste escribe con “cierta” inclinación, y dibuja las letras “de un tamaño muy sospechoso”. Sin embargo, se condena a Ángel Santiesteban a cinco años de privación de libertad cuando, como también demostró la defensa, si se hubiera demostrado el delito bastaría una multa como castigo, según legislación vigente, en atención “a los méritos sociales y comportamiento ciudadano del acusado”.

III.- Bochornosas evidencias de la infamia
Desde que comenzó la sucia campaña de criminalización del escritor cubano Ángel Santiesteban Prats, en numerosos sitios de internet se ha asegurado que el juicio por supuestos delitos comunes contra esta reconocida figura de las letras cubanas fue un juicio injusto, amañado y lleno de irregularidades, que intenta echar un manto de silencio sobre el verdadero motivo de esta represalia de la policía política cubana: las fuertes críticas contra Raúl Castro y el totalitarismo del régimen publicadas por Ángel en el blog “Los hijos que nadie quiso”.
Enumeramos aquí las violaciones más escandalosas, entre otras muchas, demostradas por el abogado defensor, Licenciado Miguel Iturria Medina, durante el juicio y en el Recurso de Casación contra el veredicto de la Sala Primera de lo Penal del Tribunal Provincial Popular de la Habana.

1.- Luego de que la policía desestimara durante meses, como infundadas, las acusaciones presentadas contra Ángel Santiesteban por su ex esposa Kenia Rodríguez, se asignó un nuevo instructor que retomó todas esas falsedades y abrió con ellas un nuevo expediente.
2.- La acusación presentó un testigo falso: Alexis Quintana Quindelán, quien posteriormente, mediante confesión grabada por la defensa (pueden verse en Youtube), demostró la falsedad de los delitos de que se acusa a Ángel Santiesteban y confesó que mintió por orientaciones de Kenia Rodríguez, la cual le había prometido retribuirle con beneficios personales.
3.- El expediente, que según Ley debía permanecer exclusivamente en oficinas de las autoridades policiales y judiciales, se perdió durante meses y fue rescatado por la defensa de manos de la policía política en Villa Marista, dependencia de la Seguridad del Estado.
4.- Las pruebas acusatorias de las violaciones y agresiones que supuestamente Ángel Santiesteban perpetró contra su ex esposa quedaron desmentidas durante el juicio con numerosas evidencias médicas y legales, demostrándose un marcado interés en Kenia Rodríguez por perjudicar a cualquier costa la integridad moral y social de Ángel.
5.- La prueba acusatoria de que la supuesta actitud agresiva de Ángel Santiesteban contra su ex esposa afectó psicológicamente al hijo de ambos: Eduardo Ángel Santiesteban Rodríguez, fue desmentida por la maestra del menor, Yahima Lahera Chamizo, quien declaró al abogado defensor que el niño le había confesado ser presionado por la madre para que declarara contra su padre, e incluso por declaraciones posteriores del propio niño. Ninguna de estas dos declaraciones fue tomada en cuenta por el Tribunal.
5.- Durante la detención de Ángel Santiesteban, en noviembre de 2012, por acompañar a otros opositores ante una Estación de Policía en La Habana, solicitando la liberación de una abogada opositora detenida sin cargos, el agente de la policía política “Camilo”, luego de amenazarlo de muerte con una pistola, le dijo: “¿no te alcanza con los cinco años de cárcel que te vamos a echar?”. Lo “raro” es que esa sentencia se la daba a conocer días antes de que el Tribunal de Justicia pronunciara su sentencia.
6.- La condena de cinco años aplicada en este caso es desmedida y no se corresponde con lo establecido en Ley para el delito por el cual es condenado: “de tres meses a un año de prisión o multa de cien a trescientas cuotas”. En este sentido la defensa plantea que se ha vulnerado también lo dispuesto por el Consejo de Gobierno del Tribunal Supremo Popular en su Instrucción No. 175 de fecha 21 de julio de 2004, que orienta a los Tribunales cuando sea posible imponer sanciones que no excedan de los cinco años de privación de libertad, valorar sustituir tal pena por las subsidiarias establecidas por la Ley, preferentemente aquellas que no impliquen internamiento.

Finalmente, como también se ha dicho en numerosos sitios donde se denuncia esta injusticia, se trata de violaciones suficientes para invalidar todo el proceso condenatorio contra Ángel Santiesteban Prats.

Publicado por Amir del Valle
en su Blog "A Título Personal"

Enlaces de Interés:

Petición para que Amnistía Internacional declare a Angel Santiesteban "Preso de Conciencia": Firmar AQUI
Blog de Angel Santiesteban: "Los hijos que nadie quiso"
Declaraciones del Hijo de Angel Santiesteban, Eduardo: YouTube
Declaraciones de la hermana de Angel Santiesteban, Maria de los Angeles: Diario de Cuba
Presentación del libro de Angel Santiesteban por Carlos Alberto Montaner: en su Blog
Intelectuales que apoyan Carta exigiendo la Libertad de Angel Santiesteban: Penúltimos Días
"El verano en que Dios dormía": Presentación de la novela por Amir del Valle
La estrategia de la UNEAC y ciertos escritores "desinformados": por Amir del Valle
Amnistia incluye a Angel Santiesteban entre los "100 Héroes de la Información": Reporte
DOSSIER de Apoyo a Angel Santiesteban: Elogio a la Decencia
Angel Santiesteban y el camino del Cimarrón: por Armando Añel
Algunas palabras imprescindibles sobre Angel Santiesteban: OpenCuba

Sunday, June 15, 2014

El placer de la lectura en tiempos de tecnología

¿Se lee hoy más que ayer? ¿Se lee igual o diferente? ¿Cómo se lee y quienes leen?
Estas y otras preguntas me las hago cada vez que visito una biblioteca o una gran librería y veo tantos hojeando los libros, sentados leyendo o sencillamente caminando perdidos entre los grandes anaqueles llenos de libros.
Hay una pregunta clave también: la tecnología, ¿nos ha acercado a la lectura o nos ha hecho esclavos de malos hábitos y alejado del placer de un buen libro?
A continuación ofrezco una serie de post en ingles y español sobre nuevos y viejos habitos de lectura, y su placer.
El Gusto por la lectura
Pareciera ser, a primera vista, que no habría mucha diferencia entre quien lee y quien no lo hace frecuentemente. Pero es sólo un engaño. Las diferencias son bastante grandes y notorias. En primer lugar, quien lee aumenta su cultura, la hace sólida si es endeble y la enriquece cada vez más. Quien permanece ajeno a los libros, por el motivo que sea, también es cómplice de su ignorancia, que se acrecienta a medida que sigue huyendo de las páginas escritas.
En segundo lugar, la lectura aporta un panorama más amplio para el desarrollo de las propias ideas y fomenta una actitud crítica, pero no en sentido negativo, sino positivo, ya que remueve los preconceptos e instala la necesidad de contrastar unos datos y otros, algunos más veraces y otros, pobres y caducos. Quien lee no cree lo primero que escucha, al menos tiene un cierto bagaje cultural que matiza cualquier intento de absolutismo respecto a ciertos temas.
En tercer lugar, la lectura es fuente de conocimientos. La falta de lectura, por el contrario, adormece el espíritu y la inquietud intelectual. Pero, tampoco es suficiente con ser un devorador de libros, ya que se puede leer mucho pero mal. Es decir: siempre se debe buscar, mediante el consejo de alguien o guiados por el propio sentido común, las lecturas que favorezcan el desarrollo personal, que son todas aquellas que no están reñidas ni con la moral ni con la ética, ni menosprecien el valor individual de las personas ni sus creencias. Hay personas que, a fuerza de consumir basuras editoriales, que las hay y muchas, han hecho de su intelecto un refugio para las ideas más depravadas y siniestras. No hay que leer cualquier cosa, hay que leer siempre con un criterio determinado para cada circunstancia.
El gusto por la lectura lleva a quien lee a no contentarse con lo primero que ofrecen las vidrieras, o con aquel libro que es best seller mundial, pero que sin embargo no aporta mucho más que un simple cuento de hadas, nacido para entretener con exclusividad. Quien se habitúa a la lectura quiere buscar autores con los cuales identificarse en costumbres, modismos e ideas acerca de las grandes cosas de la vida. Es el lector cómplice del autor en cuanto difusor de ciertos ideales nobles, que agrandan las miras de la rutina diaria.
Y la falta del hábito de lectura repercute necesariamente en el trato con los demás. Quien no hace más ver las caricaturas del periódico, difícilmente pueda transcribir en palabras lo que le dicta su corazón cuando quiere expresar su amor. Reinará una especie de «parquedad sentimental», caracterizada por escuetas líneas y frases hechas repetidas una y otra vez, hasta despojarlas de su intenso significado por el abuso de su presencia en los labios del amante.
El gusto por la lectura es gustar de disfrutar más de la vida, de compartir en palabras las experiencias vividas y en saber transmitir las propias con la justa mezcla, cual recete perfecta, de sentimientos, emoción y vocablos. Leer significa ir más allá de nuestro estrecho mundo personal y adentrarnos en el otro, en crecer en empatía, estar con el otro y desde el intercambio fructífero de ideas, poder decir, al final del día, que hemos aprovechado el tiempo, al menos por haber leído unas líneas de nuestro autor preferido.

por Mariano Martín Castagnedo

Enlaces de Interés:

“Reading: The Struggle” by Tim Parks
The Personal News Cycle: How Americans choose to get their news: American Press Institute
“Usted ya no lee ni escribe como antes”  por Antonia Fraguas
“Las nuevas formas de leer” por Dwight Garner
“E-books Can’t Burn” by Tim Parks
Expertos aseguran que hoy en día se lee "más que nunca en la historia": en Europa Press
“The Next Time Someone Says the Internet Killed Reading Books, Show Them This Chart” by Alexis C. Madrigal
Young people 'prefer to read on screen': BBC by Sean Coughlan
Children’s and Young People’s Reading Today: National Literacy Trust’s Report
“Pew: More people reading e-books, but print is still most popular” by Taylor Soper
“The rise of e-reading”: PEW Internet
Younger Americans’ Reading and Library Habits: PEW Internet
Lectura digital, realidad latinoamericana: tomado de EJEMPLA

Sunday, February 9, 2014

Gabo embarrado... por Fidel Castro

Gabo Vigilado (NOTA AL ARTICULO):

En tres entregas uno de los más grandes periodistas españoles, Arcadi Espada, ha ofrecido el “anillo” de vigilancia que su “fiel amigo” Fidel Castro le montó a Gabriel García Márquez en La Habana. Las confesiones vienen de parte del señor Norberto Fuentes, que no es un “angelito” que digamos. Sí, el mismo Norberto Fuentes de la trama de Heberto Padilla, del libro “Condenados del Condado” y que desgrana entonces en otro libro del “exilio” las dulzuras de los “Dulces guerreros cubanos”. De este escribidor hablaremos en algún otro post.

Lo que revela el periodista español de carambola a través de Norberto Fuentes es, precisamente, lo que el mismo Jorge Edwards afirma en “Persona non grata”. Todo el mundo es vigilado en La Habana, especialmente en los pisos altos del gobierno o de su claque.

Extraño, ¿verdad?

Gabo Vigilado I

Querido J:

Truculentos azares han puesto en mis manos un documento extraordinario. Truculentos azares. Así lo decía Reinaldo Arenas, y va bien para el caso. Nosotros decimos «papeles hallados en el container» desde que un periódico de la ciudad de Barcelona habló así para explicar cómo fue hallado un manuscrito inédito de Josep Pla. Yo también tengo encima de la mesa un manuscrito (mecanografiado) inédito. Lo escribió Norberto Fuentes. Ahí te copio una biografía sucinta del personaje.

Norberto Fuentes es escritor. Nació en La Habana en 1943, donde se licenció en Literatura Hispanoamericana. Colaboró con varias publicaciones, entre ellas Mella, Cuba, Hoy y Granma. En 1968 publicó su primer libro, un volumen de relatos titulado Condenados de Condado sobre la lucha contra las guerrillas anticastristas del Escambray. A causa de esta obra, Premio Casa de las Américas, Fuentes fue condenado varios años al ostracismo. A mediados de los 70 comenzó a escribir Hemingway en Cuba, publicado en 1984 con prólogo de Gabriel García Márquez. El libro, uno de los mejores sobre Hemingway, lo consolidó como escritor favorito del régimen, permitiéndole acceder a la nomenclatura cubana. 

Acompañó a las tropas en Angola en 1987 y 1988, y participó en las posteriores conversaciones de paz. En 1989 fue condecorado por el Gobierno como escritor de la Revolución. Sin embargo, la ruptura con el poder llegó pocos meses después, cuando su nombre fue asociado al caso Ochoa-De la Guardia. Pasó a estar permanentemente vigilado por la policía y no pudo seguir publicando. En 1993 intentó escapar de Cuba, pero fue detenido. Con la ayuda de García Márquez y William Kennedy, entre otros, logró salir de la isla en 1994. Desde entonces, vive y trabaja en Estados Unidos. Su último libro editado, La autobiografía de Fidel Castro, es un testimonio de las entrañas del régimen, que revela y documenta numerosos detalles poco conocidos de la vida del dictador.

Fuera de la biografía canónica he dejado aposta Dulces guerreros cubanos, el primer volumen de sus memorias, que es el único libro que yo he leído de él y que está en el origen de la historia que voy a contarte. Fuentes tiene una prosa muy personal, inconfundible. La mayoría de especialistas subrayan este rasgo como una virtud apreciable; pero tú ya sabes hasta qué punto yo aprecio la escritura impersonal. Es una prosa sonora, no tanto porque abunde el metaforeo tropical cuanto porque parece hablada. Cuesta acostumbrarse, porque a veces las frases quedan suspendidas al encuentro de un gesto, o de una entonación significativa que no vendrá; pero tiene su gracia y su aliciente ir siguiendo su declinación. A lo que iba. Dulces guerreros... iba a llamarse La boca del lobo, y era lógico, porque el gran tema de las memorias de Fuentes es su acomodo privilegiado en la cúpula de la dictadura cubana y luego su partir desengañado de ella. Pero por causas editoriales, el lobo se quedó para otro momento.

Ha llegado el momento. Fuentes está concluyendo la segunda parte de sus memorias y llevarán el título que pensó para la primera entrega. He leído un capítulo de La boca del lobo. Estupefaciente, te lo aseguro. El capítulo tiene como centro a García Márquez. Y más concretamente la buena vida de García Márquez en La Habana, donde habitaba en una de las llamadas casas de protocolo de la nomenclatura, antigua propiedad del rico jabonero Ramón Crusellas. Y aún más concretamente, la vida sexual de García Márquez en Cuba. Y, en fin, por concretar, amigo: cómo esa vida sexual fue perfectamente anotada y registrada (grabada en audio y vídeo) por los servicios secretos del régimen cubano. Yo no he visto ni he oído estas cintas, pero Fuentes asegura que ha leído las transcripciones. Hasta el punto de que reproduce diálogos, se supone que textuales, entre García Márquez y algunos de los participantes en la miserable trama. Oye lo que dice, ya que escribe oral y va de cintas: «Los diálogos de García Márquez con sus interlocutores registrados por el K-J [brigada de los servicios secretos especializada en la vigilancia de personalidades] y transcritos para uso de Fidel, y llegados a mi conocimiento en La Habana por diversas vías, y corroborados en el exilio, son reproducidos con la mayor fidelidad posible». Y observa la minuciosidad con que trata de amarrar el pacto de veracidad con el lector: «El máximo nivel de error puede haberse producido porque habitualmente el personal encargado de transcribir intenta irse por el atajo más corto de lo que ellos consideran finalmente como esencial, y porque la distorsión de los micrófonos direccionales requiere a veces un trabajo muy arduo y lento de laboratorio, que conspira casi siempre con la premura que el mando suele solicitar esas transcripciones con valor operativo».

Como comprenderás, la vida sexual de García Márquez tiene poca importancia pública y, aunque le añade chile picado, no es lo que hace de este texto una joya rara y siniestra. Lo asombroso es que García Márquez, amigo personal de Castro y emblema mundial de la cubanofilia, fuera sometido a tan humillante vigilancia por el régimen. Ponte cómodo y vuelve a oír lo que dice Fuentes sobre el crédito que han de merecer sus transcripciones: «No obstante, el lector debe estar advertido de que el Gobierno cubano o los interesados no tienen ninguna capacidad de desmentido puesto que todo el enorme caudal de grabaciones que obra en sus almacenes sólo serviría para corroborar o, peor aún (para ellos), enriquecer en exceso el panorama que en La boca del lobo se atisba con sólo haber levantado un tanto el borde inferior de la cortina».

Respira, amigo, y continuamos, ya decididamente en busca de Orwell. «Todo lo tienen grabado, todo lo tiene filmado. El poder verdadero de Fidel Castro, su auténtica capacidad de maniobra, reside en esos miles de kilómetros de tapes. Deuda eterna del liderazgo fidelista con Sony Corp, con Maxell, con Tdk, dictadura del proletariado y casetes».

Norberto Fuentes vive en Miami. Cuando lo llamé por vez primera estaba en México, de vacaciones. Otro día volvía a casa ¡por carretera! Al fin, una tarde descolgó.

- ¿Ha acabado ya La boca del lobo...?
- Ahí estamos, trabajando. Ya hay trozos hechos, sí.
- El de García Márquez y sus vigilantes. Increíble.
- ¿Eh...? ¿Y cómo sabes tú eso!

Los truculentos azares. Te voy a dejar en la intriga de cómo García Márquez tuvo conocimiento de que lo vigilaban y lo que hizo.

Sigue con salud.

A.

Tomado de El Mundo
por Arcadi Espada

Gabo Vigilado II

Querido J:

No te levantes a por la carta anterior. Decía su última frase: «Te voy a dejar en la intriga de cómo García Márquez tuvo conocimiento de que lo vigilaban y lo que hizo». Con eso te bastará para recordar. Según el relato de Norberto Fuentes en La boca del lobo (la segunda parte, aún inédita, de sus memorias), medio Gobierno cubano estaba al caso de las actividades sexuales de García Márquez en Cuba.

La cosa, sin embargo, se complicó a partir de junio de 1988, con el exilio en Colombia de Antonio Valle Vallejo, amigo y ayudante del escritor, y al tanto de algunos secretos de alcoba. Por cierto, déjame escribirte algo de la alcoba. Hubo más de una, aunque la principal estaba en la antigua mansión del jabonero y perfumista Ramón Crusellas. Gente catalana. La familia llegó a la isla en 1863, según noticia de la historiadora María Antonia Marqués Dolzde: «Los catalanes Juan y José Crusellas Vidal montaron en La Habana un taller dedicado a elaborar velas de sebo y aceites lubricantes; apenas un lustro después arribaron a la isla sus sobrinos, José y Ramón Crusellas Faura, quienes iniciaron la fabricación de jabones». Hasta tal punto diversificaron sus negocios que, según muestra un anuncio de La Vanguardia de abril de 1894, los Crusellas elaboraban un lujoso Gran Champán de plátano y piña. ¡Qué sueño tropical! Hicieron una fortuna inmensa, y junto a los Bacardí, de Sitges, fueron la familia más poderosa de la isla. Hasta un punto difícil de imaginar. Un descendiente de la familia me decía la otra tarde que después de la Guerra Civil su madre (viuda reciente) administró unos 4.000 millones de pesetas. Que, por cierto, se los pulió en vida, uno a uno, admirablemente. En octubre de 1960 el Gobierno de Fidel Castro nacionalizó la fábrica y una rama de los Crusellas se instaló en Miami. Siguen con sus afeites, y parece que con prosperidad.

Estábamos en que la cosa se jodió cuando Valle Vallejo, urgido por la dulce hiel del exilio y con plaza en Radio Martí y El Nuevo Herald, anuncia su inminente disposición a narrar algunas intimidades del Gobierno cubano y de algunos de sus aliados más queridos e ilustres. Enterado Castro de los propósitos del traidor, envía recado a García Márquez instándole a que hable con el Gobierno norteamericano para lograr el acallamiento.

Y es a partir de aquí, amigo mío, cuando el relato de Fuentes se hace singular, realmente singular, al detallar con minuciosidad la escena en que García Márquez se pone en contacto con la Administración Reagan. Cualquiera que lo leyera pensaría que Fuentes ha incrustado los habituales mecanismos de verosimilitud en el relato veraz. Y puede que así lo haya hecho, desde luego. Pero su advertencia de que la escena se filmó en vídeo y de que las conversaciones telefónicas están grabadas provoca dudas. Lo cierto es que la narración afronta sin complejos el presente histórico: «Alquimia Peña [directora ejecutiva de la Fundación Nuevo Cine Latinoamericano], inicia unas llamadas al Ministerio de Exteriores para obtener el teléfono directo de John Taylor». Taylor es jefe de la Sina (Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana), que opera como la representación en Cuba del Gobierno norteamericano. Mientras se resuelven los trámites, García Márquez dialoga con su amigo y también escritor Eliseo Alberto Diego. En estos términos, según escribe o transcribe Fuentes:

«Es evidente que Eliseo Alberto ha decidido tomar el atajo más corto porque le pregunta a García Márquez cuánto sabe Antonio Valle Vallejo. Sin preámbulos.

- Mucho, dice García Márquez.
- ¿Cuánto es mucho?, pregunta Eliseo Alberto Diego.
- Tiene fotografías, dice García Márquez.
- ¿Y no se puede ignorar?, pregunta Eliseo Alberto Diego.
- No, dice García Márquez.
- ¿Desmentir?, pregunta Eliseo Alberto Diego.
- No, te digo que tiene las fotografías, dice García Márquez.
- ¿Hay algo que yo pueda hacer?
- No, nada, dice García Márquez. Pero existe algo que todavía es peor.
- ¿Puede existir algo todavía peor?
- Sí, responde García Márquez. Que Alina, la hija del Comandante, ha participado también en estos pasteles. Y me muero de la vergüenza si el Comandante se entera.

(...)

-¿Y usted cree que el Comandante no lo sabe?

John Taylor se pone por fin al teléfono. Y esto es lo que le dice García Márquez:

«Dígale al presidente Reagan que yo puedo ser un enemigo peligrosísimo para los Estados Unidos. Pero que me voy a abstener por lo pronto, porque quiero llegar a un acuerdo, que puede ser muy simple. Primero, no quiero que le ocurra nada a Antonio Valle Vallejo. Pero, segundo, no puedo aceptar que pronuncie una palabra más sobre mi persona y que afecte la integridad de la familia».

Debo confesarte que estas palabras que Fuentes atribuye a García Márquez me parecieron un punto elevadas. De volumen. Pensé que era una buena oportunidad para someter al memorialista a una pequeña prueba de veracidad. Deseché hablar con García Márquez: habrá tiempo de intentarlo. Era probable que John Taylor, aunque seguramente jubilado, aún viviera. Desde luego. He aquí al señor John J. Taylor, vecino de una ciudad de la costa atlántica. Su amable y rápida respuesta:

«García Márquez almorzó conmigo un día. Probablemente no fue antes de 1989 y muy probablemente fue en 1990. Tendría que buscar mis archivos. Y como usted dice, quiso discutir problemas relacionados con su vida privada y su asistente que, creo, había huido recientemente a Estados Unidos. No hubo nada, en cambio, del supuesto mensaje que me pidió que le enviara al presidente Reagan. No hubo, de hecho, ningún mensaje para Reagan o cualquier otro funcionario americano».

La carta de Taylor confirma lo esencial. El problema privado y su vinculación con la huida de Valle. No hubo mensaje, dice el antiguo diplomático. Aunque hay encuentros que son mensajes en sí mismos. Por la razón que fuese, Valle Vallejo dejó de hablar para Radio Martí y de escribir en El Nuevo Herald. La historia ha quedado enterrada hasta que Fuentes ha decidido revelarla. Aunque no sé si va a revelarla editorialmente. Por azares truculentos he oído que la oportunidad del capítulo no acaba de convencer a sus editores en España. Le pregunté al propio Fuentes. El teléfono tenía algo de eco, y Fuentes habla cubano, que es una lengua que yo entiendo a duras penas. Pero, cortando y pegando, dijo esto:

- Ya he enviado parte del material del libro a España. Está ese capítulo... Es verdad que tiene muchos nombres propios.
- En, fin, vamos a ver.
- Usted sígame, sígame.

Ya.

Sigue con salud.

A.

Tomado de El Mundo
por Arcadi Palacios

Gabo Vigilado III

Querido J:

Este misterioso carácter público que toman nuestras cartas ha provocado un aparatoso incremento de la correspondencia relativa a las vigilancias de Gabriel García Márquez en Cuba. Aunque también es cierto que alguna carta no ha llegado. En especial, la de García Márquez: hice llegar mi ruego a través de su representante en la tierra, Balcells, pero debe de ir mal el correo. Ha escrito bastante gente, aunque alguna no debo nombrártela por si se repite el misterio y esta también ésta en manos ajenas. Entre los nombrables vuelve a estar el cordial diplomático John J. Taylor. Leyó la descripción de su encuentro con García Márquez que hacía Norberto Fuentes.

«La historia es fascinante. La gente del Minint [Ministerio del Interior de Cuba] —y había miles de ellos— hicieron muchas cosas estúpidas. Añadiría que García Márquez ni dijo que fuera un peligroso enemigo de Estados Unidos ni dio a entender cualquier tipo de contrapartida. Describió su problema personal y sus esperanzas de que la situación no fuese explotada.»

Su problema personal, ¿recuerdas?, se llamaba Antonio Valle Vallejo. El 25 de junio de 1988 había iniciado su exilio, aprovechando un viaje a Cartagena de Indias donde la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, cuyo presidente era García Márquez, organizaba un festival. Valle Vallejo era un hombre de confianza del escritor. Y según narra Fuentes estaba al tanto de muchos de sus secretos, en especial de los secretos de sus alcobas cubanas, también perfectamente conocidos por la orwelliana policía castrista. Del súbito exilio de Valle Vallejo temía García Márquez lo que describe Taylor con tanta precisión diplomática: temía que su situación fuera «explotada». Valle Vallejo vive ahora en Nueva York. Se dedica a la enseñanza. Esta semana me ha escrito con mucha generosidad.

«Yo nunca manifesté que pensara destapar los secretos de alcoba de García Márquez. Lo más que dije una vez fue que yo conocía, desde luego, muchas cosas de la vida privada de Gabo, pero que no pensaba hacer declaraciones al respecto», escribe en uno de los primeros párrafos de sus cartas. Luego hay otro, algo largo, aunque clave: «El mantenimiento de una buena imagen de Gabo en el extranjero constituía una prioridad para el gobierno de Cuba. A Gabo no se le vigila tanto por él mismo como para asegurarse de que nada de lo que se le acerque pueda dañar su imagen. Yo fui impuesto por él en su medio y estaba demasiado cerca para el gusto de todos, e inevitablemente, oyendo todas las conversaciones y presente en todas las ocasiones. De ahí que cuando comprendieron que estaba tratando de escaparme en Colombia no escatimaron esfuerzos para tratar de atraparme. No porque yo fuera a destapar los secretos sexuales de Gabo en sí, sino por lo que eso podría significar para la intachable imagen de él que tanto les interesaba, afectándose así los negocios que el gobierno de Cuba trataba de cerrar utilizando el nombre o las influencias de Gabo y su fundación como imán o tapadera; muchos de los cuales, como los de la industria del cine, violaban total o parcialmente las restricciones de la Ley de Embargo de los Estados Unidos sobre Cuba.»

Sí, eran los años en que Gabo era el gran embajador cubano, los años de Gorbachev y de Robert Redford, de Jane Fonda y Ted Turner (como fueron luego los de Oliver Stone). Largos fines de semana en La Habana con las estrellas, donde no faltaba Fidel ni tampoco el acomodo en la casa de los Crusellas. Cuando Valle Vallejo llegó a América hizo unas declaraciones a Merle Linda Wolin, que estaba escribiendo un reportaje sobre la Fundación para la revista Premiere. La señora Wolin era de izquierdas, pero aún más de la verdad. Y Premiere rechazó su texto, «porque nuestros lectores de izquierdas no iban a creérselo.» Acabó publicándolo New Republic. Este párrafo: «”Todos tenían muy claro cómo usar el arte —el cine— para lograr sus objetivos políticos”, dijo Valle. También confirmó lo que habían dicho los diplomáticos: que casi todos los cubanos de la fundación eran agentes del Ministerio del Interior, colocados allí para “proteger y promover los intereses cubanos”. “Es política cultural”, dijo, “que sirve para exportar su ideología mediante el arte.»

Al final, las cartas de Valle Vallejo trajeron una sorpresa amarga. De cómo el vigilado se convirtió en vigilante. Sucedió antes de que García Márquez se entrevistara con Taylor para tratar de que el asunto no fuera explotado. Sucedió a los pocos días de que tuviera la irreversible constancia de que su asistente se había exiliado. Escribe Valle:

«Mientras el Departamento de Estado de los Estados Unidos analizaba mi caso fui puesto en conocimiento de que el propio Gabo, con Fidel Castro sentado a su lado, había llamado personalmente al presidente de Colombia, Virgilio Barco, pidiendo mi captura e inmediata deportación a Cuba. Se llegó incluso a manejar que se había dicho la frase “lo queremos aquí cuanto antes, vivo o muerto”. Alguien del gobierno tratando de desmentir esa acusación en Colombia acabó confirmándola al decir que esa parte la había dicho Castro y no García Márquez.»

Barco ha muerto. Su hija es hoy la embajadora de Colombia en Estados Unidos. He tratado de hablar con ella, de momento sin éxito. Cuba y Colombia no tenían en aquel momento relaciones diplomáticas por lo que me extrañó la versión de Valle. Pero un artículo de Rafael Pardo, entonces consejero de Paz y luego ministro de la Guerra de Colombia, enjugó mi extrañeza. El artículo, del 2 de noviembre de 2008 y publicado en la revista Cambio, empezaba así: «Conocí a Fidel en la casa de Gabriel García Márquez, en La Habana, poco antes de iniciar las conversaciones de paz con el M-19, en 1988. El presidente Virgilio Barco tenía interés en mantener informados al respecto al Nobel y al Jefe de Estado cubano. Colombia y Cuba no tenían relaciones diplomáticas, pero los dos mandatarios tenían comunicación permanente y ocasionalmente Colombia acudía a la ayuda de Castro.» ¡No dirás, amigo mío, que el artículo no estaba esperándome!

Ahora medio me río, pero las explicaciones de Valle acabaron por desmoralizarme. Yo había empezado a escribirte un cuento donde García Márquez era la víctima y ahora había pasado a perseguidor. Aunque una de los últimos párrafos de Valle me animó:

«Antes de terminar quiero ponerte aquí el texto de la dedicatoria de Gabo a mi ejemplar de Cien Años de Soledad: “A Tony, el hijo que Nohema se llevó, con un abrazo de su papá perdido en los laberintos de la nada”. (Nohema era mi esposa y acabábamos de casarnos cuando él lo escribió).»

Hummm. Ya lo ves. Aún hay un rayo de luz y de disculpa. Puede que García Márquez considerara a Valle un traidor. Pero afiliado a otro tipo de traición.

Sigue con salud.

A.

Tomado de Burbuja

(la entrada en el blog de Arcadi Palacio está sujeta a pago)

Saturday, February 8, 2014

Indice trágico de los males que el Castrismo ha traído a Cuba

Los Males ocultos del Castrismo (NOTA AL ARTICULO):

Leyendo y buscando en internet sobre Maria Elena Cruz Varela me encontré con un sitio Web que recomiendo. Su nombre: Guanakolandia’s Blog. Lo que sigue a continuación es el post numero 9 correspondiente al Capitulo noveno del libro de Carlos Alberto Montaner: “Fidel Castro y la Revolución Cubana”.

Es, en mi opinión, lo mejor que describe el estado sicológico, moral y social de la sociedad cubana actual. Disfrútenlo.

Contenido del Artículo:

Hay un castrismo universalmente condenado, hecho de cárceles, paredones, actos de repudio, empobrecimiento y otras desdichas evidentes. Pero tal vez ese castrismo, a pesar de su carga de abusos y brutalidades, no sea lo peor. Hay otras consecuencias mucho más hondas y duraderas que amenazan seriamente la posibilidad de que alguna vez se constituya en Cuba una sociedad habitable. Estas reflexiones van encaminadas a enunciar brevemente esos perjuicios y lo que sigue es algo así como un índice trágico y parcial de los males profundos que el castrismo ha inoculado en el cuerpo social cubano.

La percepción pesimista del destino nacional

Más de tres décadas de castrismo le han agotado a muchos cubanos la esperanza en un exitoso destino como pueblo. Ese generalizado desconsuelo pone en duda la propia viabilidad de la Isla como entidad nacional encaminada hacia la prosperidad material y la felicidad espiritual. Esa actitud pesimista es totalmente nueva en la historia de Cuba, puesto que, pese a los errores y catástrofes políticas y económicas de la república, siempre primó el criterio de que la Isla –de corcho, insumergible según la apreciación popular– saldría adelante a pesar de los contratiempos. Existía la muy extendida superstición de que el país «era rico», de que el cubano «era listo» y de que a largo plazo a la nación le esperaba un radiante porvenir. Ese sano optimismo, sin duda exagerado, pero sin el cual es imposible acometer un proyecto nacional constructivo, ha dado paso al más radical pesimismo. El presente castrista se percibe como un terrible fracaso, pero el futuro se avizora como algo tal vez peor. Un enorme porcentaje de los nuevos emigrantes, aun antes de echar raíces en el extranjero, tiene la secreta decisión de no regresar jamás a aquella tierra, gobiérnela Castro o sus adversarios, exista en ella el comunismo o el capitalismo. Ni siquiera hay nostalgia. Más bien resuma cierto comprensible rencor porque se asocian los recuerdos a espantosas experiencias vitales. No se trata, por supuesto, de «malos» cubanos. Esa sería una injusta calificación. Se trata  de cubanos muy heridos, muy lastimados, muy doloridos, que han hecho del olvido una obsesión personal.

La aparición de este pesimismo en la historia de Cuba es una terrible desgracia, porque la primera condición que exige cualquier clase de empresa para desarrollarse con éxito es que quienes la intenten, crean en ella. No hay sociedad próspera y sana si el pueblo que la habita no participa de un común optimismo. Es una terrible paradoja que el castrismo, que comenzó con el más alto índice de confianza colectiva en los destinos de la patria, haya servido para desterrar cruelmente la esperanza del corazón de los cubanos. Pero es así.

La percepción negativa del prójimo

El castrismo ha generalizado entre los cubanos la más cruda insolidaridad. Allí –y en vastas zonas de la emigración– se ha instalado una nefasta actitud de «sálvese el que pueda» y se pisa y se atropella al prójimo para salvar el pellejo de un invisible incendio que crepita por todas partes. El pesimismo no sólo se manifiesta en no creer en el destino de la patria, sino en tampoco creer en «los cubanos», en el vecino de carne y hueso. La ingenua y tradicional aseveración de que el cubano era noble se ha transformado en la torcida presunción de que el cubano es malvado.

El implacable modelo de Estado castrista ha convertido a demasiados cubanos en comisarios, carniceros, apaleadores, chivatos, gentes que han maltratado a sus prójimos con excesiva crueldad y durante demasiado tiempo. ¿Qué huella permanente pueden dejar en la memoria de los cubanos los actos de repudio perpetrados en los años ochenta y prolongados hasta ahora mismo contra cientos y cientos de compatriotas que fueron humillados y ofendidos, golpeados y escupidos, por el delito de querer abandonar el país? ¿Cuánto pesará sobre la conciencia de los cubanos este último acto represivo del castrismo, las Brigadas de Respuesta Rápida, verdaderas turbas parapoliciales dedicadas al pillaje y al linchamiento de los disidentes? ¿Cómo se van a explicar los cubanos del futuro horrores cometidos contra el escritor Luque Escalona, los hermanos Arco, María Elena Cruz Varela, Elizardo Sánchez, José Luis Pujol, Ricardo Bofill y tantas víctimas de estos repugnantes pogroms ordenados por el propio Fidel Castro?

Aquella sorprendente expresión con que invariablemente se intentaba zanjar las disputas apelando a la «cubanía» de quienes discutían, ha perdido cualquier significado. Lo natural es que hoy «entre cubanos» se hagan mucho daño. Lo normal es esperar del prójimo alguna irreparable canallada. No sólo se ha perdido la fe en la patria como entidad abstracta, sino que también se ha perdido la fe en el compatriota. De un risueño prejuicio positivo se ha pasado a un horrendo prejuicio negativo. Mala arcilla para amalgamar a un pueblo.

La destrucción del modelo paradigmático

Cada vez que los horrores del castrismo han embarcado rumbo al extranjero a un ciudadano instruido, educado, formado en la cosmovisión y en los valores de las clases medias y de la burguesía, se ha dilapidado insensiblemente una parte importante del capital humano que ese país atesoraba. Cada cubano sacramentado por la formación técnica y habituado a las complejidades de la vida urbana y a la «sofisticación» –qué horrible palabra–, que era expulsado o marginado, ha sido una terrible pérdida para todo el país. Costó siglos de sufrimientos y luchas darle a esa sociedad una tenue, pero creciente, capa de ciudadanos –habitantes de las ciudades– asimilables a los de las naciones líderes del planeta. Mas, con la mayor irresponsabilidad, el castrismo ha ido borrando esos estratos sociales, retardando desde hace de 30 años el surgimiento de élites de vanguardia en cualquier campo de la actividad ciudadana.

¿Cómo se repone esta caudalosa humanidad destruida por el castrismo? ¿Cómo se restituye a esa sociedad el desaparecido producto de muchas décadas, de siglos de lenta decantación cultural? La primera observación que en estos tiempos hace todo viajero que recorre la Isla, tiene que ver con el evidente encanallamiento y vulgaridad de esa sociedad. A lo largo de toda la república se pudo ver una sostenida evolución de los valores burgueses y de las clases medias –únicos que al fin y al cabo han probado a lo largo de la historia ser capaces de crear una atmósfera social confortable–, pero desde  1959 a la fecha el país se va deslizando hacia la más rampante incivilidad. ¿Por qué? Porque el castrismo ha disuelto, ha eliminado la capa ciudadana que servía de modelo vital al resto de la nación. El castrismo arrancó de raíz el tejido social que lentamente adiestraba y transformaba a la población menos educada e instruida del país en los usos, costumbres y creencias de los niveles sociales más civilizados, propiciando un fluido proceso de migración social de estimable eficiencia. Es probable que en 1959 ese estrato social medio y burgués alcanzara a una tercera parte de la población, y haberlo constituido era la mayor hazaña social del país. Castro y sus incompetentes secuaces lo han destruido sin reparar en el daño terrible que le infligían a la nación cubana al eliminarle su grupo paradigmático.

El Estado enemigo

He apuntado que el castrismo ha producido un cambio muy pesimista en la percepción del futuro del país y una modificación también negativa en la percepción del compatriota. Pero, además, como era de esperar, el castrismo ha agravado la percepción popular del Estado. Hoy el Estado, en cualquiera de sus manifestaciones, es un enemigo al que se le puede –cuando se puede– engañar, robar o perjudicar sin que esto produzca en el cubano la menor crisis de conciencia. El Estado no se percibe como una empresa común perfeccionable, sino como una torpe, extraña, ajena y arbitraria estructura de poder que suministra pocos bienes y malos servicios mientras demanda incómodas y mal pagadas jornadas de trabajo, y –lo que es peor– constantes ceremonias rituales de adhesión ideológica, expresadas por medio de desfiles, actos, reuniones, aburridísimos «círculos de estudio» en los que se analiza con devoción hasta la última coma de los discursos del Comandante, aplausos serviles, trabajo voluntario o abyectas y frecuentes sonrisas aquiescentes.

No es de extrañar, dada esta percepción del Estado, que millones de cubanos se entreguen sin remordimiento a la tarea de destruir el medio social en que viven. El castrismo ha provocado la total alienación de los cubanos en tanto que ciudadanos, convirtiéndolos en legiones de destructivos vándalos. Centros escolares, oficinas, medios públicos de transporte, modernas o rústicas herramientas de trabajo, nada escapa al poder destructor  de un pueblo que no se identifica con el pavoroso Estado que día a día le oprime y le obliga a las más denigrantes genuflexiones.

Debido a ello, la noción del bien común es muy débil o no existe. La propiedad pública es una incomprensible abstracción. Sólo el perímetro individual, por razones del más arraigado egoísmo, merece cuidado y respeto. Este Midas al revés que ha resultado ser Fidel Castro intentó acabar revolucionariamente con la deshonestidad de un puñado de políticos que solía robar al Estado, pero lo que ha logrado es que millones de cubanos se conviertan en enemigos y expoliadores irreconciliables de ese mismo Estado. Quien con comunismo quiso aumentar la conciencia solidaria de los cubanos, ha provocado el surgimiento de un individualismo feroz e ingobernable que lima y desbasta implacablemente cualquier común esfuerzo constructivo. Superada algún día la trágica anécdota del castrismo, ¿cómo se reinstaura entre los cubanos una percepción del Estado mínimamente saludable? ¿Cómo se convence a millones de seres secularmente insurgidos contra un Estado que aborrecen, de que la convivencia en libertad sólo es posible conjugando deberes y derechos, protegiendo la parcela pública con el mismo respeto con que se protege la privada? Me temo que esas preguntas no tienen una respuesta fácil. Es más, me temo que ni siquiera tienen respuesta. No existe fórmula segura para revitalizar la conciencia cívica.

La destrucción del pasado

No contento con ofrecer un presente de privaciones y fracasos, no contento con destruir la esperanza de un futuro mejor, desalojando del corazón cívico de los cubanos una de sus mejores virtudes, el castrismo también ha demolido el pasado republicano, calificando de pseudo república el país que existió entre 1902 y 1959. En esa ruina social a que ha sido reducida Cuba, ni siquiera es posible la noción del «renacimiento», esa útil idea de «resurgimiento nacional» que sirve a los países en sus horas críticas, porque renacer o resurgir implica siempre un estadio anterior de plenitud ciudadana en el que ya tampoco creen los cubanos. Y no se trata sólo de que los cubanos aborrezcan su presente y tengan serias sospechas sobre su futuro, sino que también los han enseñado a aborrecer su pasado, lo que apenas deja espacio para hincar la rodilla y soportar el esfuerzo descomunal de restañar las heridas e intentar reconstruir la nación.

Numerosos países a lo largo de la historia –Japón, Alemania, España, Italia– han tenido que sobreponerse a terribles catástrofes políticas, pero contaron con un legendario Siglo de Oro, con una Arcadia feliz que pudiera servir de punto de referencia en la búsqueda de Utopía. Y es que todo país necesita alimentarse de esta sana mitología para trazar su derrotero histórico. El castrismo ha privado a los cubanos de ese vital recurso.

La Orientalización de Cuba

Todo comenzó con El acorazado Potemkin. (No hay imaginación entre los comunistas, siempre comenzaba hasta hace poco con El acorazado Potemkin). El clásico expresionista del cine ruso era algo así como la avanzadilla cultural. Luego venía lo otro: el Bolshoi, los ballets folklóricos, una tirada masiva de Los diez días que conmovieron al mundo, una exposición científica soviética, etc. Hasta ahí, nada que objetar. Un país se enriquece con esta clase de embajadas culturales. Cuba necesitaba hibridizar sus experiencias con otras que no fueran americanas. Necesitaba reforzar con otras influencias el enorme peso específico yanqui. Pero Cuba, a pesar de todo, es un pedazo del Caribe español, adscrito a la historia de la región, al contexto americano, y al tronco ibérico. Al más famoso texto castrista, La historia me absolverá, apostilló un agudo periodista cubano (Bernardo Viera) una frase entre melancólica y humorística: «Sí, pero la geografía te condena». La geografía nos condena a todos: a los yanquis en el sudeste de Asia, a los ingleses en el Medio Oriente, a los franceses en África. En su momento terminó condenando a los chinos en Albania y a los rusos en Cuba. El 90% de los soviéticos no estaba muy seguro de dónde «caía» Cuba. El 90% de los cubanos no sabe si Minsk es una ciudad soviética o una piel que se ponía la burguesía. Este radical y mutuo desconocimiento está plenamente justificado por la total falta de contacto entre esa porción del mundo y el Caribe. No había lazos. La revolución, contra natura y a toda prisa, quiso crearlos. En una década, la mitología comunista estilo soviético con sus desfiles militares, sus enormes retratos de Lenin y Marx, Brezhnev, sus héroes, sus cosmonautas, sus historias, sorprendían la azorada retina del cubano. Y aún hoy, después de la desaparición  de la URSS, continúa instalada en la estética sin imaginación del castrismo. ¿Qué calificativos cosecharía el gobernante occidental que hiciera desfilar sus tropas frente a unos retratos de Adam Smith, Jefferson y George Bush? En Cuba hubo un verdadero bombardeo de cultura «oriental». 

La Unión Soviética, mientras duró, fue algo así como la adoptiva Madre Patria, mientras los países del Este parecían vecino antillanos. Se hablaba y escribía de Bulgaria como si estuviera en Isla de Pinos. Los gobernantes de Ulan Bator – capital de Mongolia, hago la a para el 98% de los lectores– eran recibidos en La Habana a bomba y platillo, mientras las revistas, con la mayor naturalidad, se referían al remoto país como si se tratara de Venezuela. Había algo demencial en este afán de olvidar el entorno histórico y cultural de la Isla. Demencial y alineante. Demencial porque insensiblemente se estaban ignorando los más obvios perfiles de la nacionalidad y la historia. Alienante, porque con todo servilismo se estaba copiando la mise-en-scéne rusa.

Aquel triste espectáculo de los años cuarenta, en el que el mundo vio desfilar bolivianos y peruanos al «paso de ganso», se repitió en Cuba dentro de la modalidad soviética. Cuba, que es una isla tropical y mulata del Caribe, que no tenía el menor punto de contacto con la cultura y tradición eslavas –sé que hay otros ingredientes étnicos, pero estoy simplificando– quiso estúpidamente confundirse con Europa Oriental. Si esto no es alienación, que baje Marx y lo vea.

Me imagino que dos factores dispararon a la revolución por ese camino absurdo: primero, la imitación. Todos los satélites europeos practicaban la más servil imitación de la metrópoli; segundo, el deseo de borrar de la memoria del cubano todo vestigio del anterior entorno sociocultural. Cuando se hablaba de Estados Unidos era (es) para mencionar a sus gángsters o sus crímenes vietnamitas. Cuando se habla de Latinoamérica, es para destacar lo progresos hechos por el poder de los grupos afines al castrismo o para subrayar las favelas y los niños desamparados. Lo demás se ignoraba y se sustituía por unas misteriosas historias polacas o rumanas.

La reacción del cubano durante los años que duró el intento orientalizador fue un poco de extrañamiento en el sentido brechtiano del término. El espectáculo estaba ahí, y lo veían o  se lo contaban, pero no lograba despertar sus emociones Lo que le exhibían era un drama frío, logarítmico, cerebral, que no le afectaba. A la cosmonauta Valentina Tereshkova acababan por llamarla (jugando con la fonética del nombre) «tres escobas», terminando por tirar a chacota la rara monserga. Marx se convirtió en «el viejito que inventó el hambre».

El desconcierto de un guajiro en la Sierra Maestra ante la historia gloriosa de unos héroes lituanos del trabajo era algo que por elemental piedad debería haberles ahorrado el régimen. El esperpento se parece al de los papúes de un villorio de Oceanía aplaudiendo a la reina inglesa, pero más grotesco aún si cabe.

¿Quiénes fueron los directos responsables de este absurdo montaje? El pastiche, ¿lo que pedía Moscú, o era algo que La Habana brindaba? Un poco de todo. La Habana gesticulaba sin elegancia para dar muestras de su acatamiento. Moscú, por su parte, era una metrópoli exigente y celosa de su jerarquía. Su jefatura, además, se calibraba dentro del mundo comunista por la posición y tamaño de los retratos en los desfiles, por los centímetros cuadrados de prensa «corifea» y otras quisquillosas señales. La Habana jugaba su juego, como Alemania, Checoslovaquia o Polonia. El juego, claro, no era recíproco. Brezhnev o Gorbachov no andaban por ahí con un sombrero de guano, ni Pravda se dedicaba a contar vida y milagros del extraño apéndice antillano. Era Cuba la que se «orientalizaba», saltándose paladinamente quince mil kilómetros de distancia real, cultural e histórica, mostrando con ello el profundo resentimiento antioccidental de Castro.

En este sentido operaba –lo sé– la superstición del internacionalismo proletario, pero puestos a organizar dictaduras comunistas, menos alucinado y un poco más digno hubiera sido respetar la entidad cultural e histórica de la Isla. Entre otras cosas, porque el decorado soviético chocaba con la estética caribeña. Todos esos carteles, esos desfiles, esos héroes musculosos e infatigables eran muy expresionistas, muy «Acorazado Potemkin», y tratar de asumirlos de un trago sólo podía demostrar la indigencia intelectual del castrismo.

 Quizás –es cierto– no podían –ni por lo visto querían– los dirigentes cubanos zafarse de la orientalización en que metieron al país hasta que vino la débácle del campo socialista, pero es evidente que de todas las agresiones al sentido común cometidas en estos años azarosos y delirantes, ésta ha sido una de las mayores. Hágase cargo el lector de que mañana su país suscribe una fórmula revolucionaria de origen, tradición y entourage neozelandés. Supóngase que desde mañana el cine, la prensa, la radio comienzan masivamente a darle información épica de ese remoto universo. Usted se quedaría estupefacto; esa palabra, por cierto, tiene la misma raíz que estúpido y que estupefaciente.

Un país asincrónico

Aunque me he propuesto no utilizar como referencia el pasado y juzgar a la revolución per se, por su aquí y su ahora, es inevitable, de vez en cuando, lo que un cineasta (o un pedante) llamaría un flash back. En 1959, Cuba –seamos justos, sus centros urbanos– vivía sincronizada al sistema temporal de Occidente. La ciencia, la técnica, las corrientes estéticas, las modas literarias, las otras modas, la música, llegaban a la Isla con bastante rapidez. A veces –muy pocas–, como en el caso de la música, Cuba aportaba además de tomar. Supongo que la proximidad con Estados Unidos y la esponjosa naturaleza del cubano serían responsables de este fenómeno, pero no era diferente en el siglo XIX. En sus memorias, el italocubano Orestes Ferrara da cuenta de su sorpresa al encontrar en la manigua, durante la lucha contra España, a una serie de criollos perfectamente familiarizados con el último libro europeo. El primer traductor de Kant al español fue un cubano, José del Perojo, y cosas así.

Cuba –repito– vivía a tiempo occidental. No se me escapa que me estoy refiriendo al cubano de La Habana, Matanzas, Camagüey o Santiago, puesto que el guajiro de la Sierra Maestra habitaba en el siglo XVIII, pero estas diferencias están presentes en el 95%. Los que conocen Moscú y las aldeas de Mongolia exterior saben de estas cosas. Trotski, en su momento, escribió páginas lúcidas a propósito de las contradicciones entre espacio y tiempo. El tiempo cultural no existe en las sociedades que no se modifican –como  bosquimanos– y transcurre lentamente entre los grupos que apenas cambian de hábitos y formas de vida (por ejemplo, los campesinos de Cuba o del Cáucaso). No obstante, a Estados Unidos se le juzga por Nueva York, y no por los sioux, más o menos como al «hombre» de fines del siglo XX se le juzga por un señor de Bruselas y no por su contemporáneo hotentote.

Todo este rodeo –esencial para entendernos– era para afirmar, enfáticamente, que el trallazo revolucionario ha desencajado a Cuba de su sistema temporal. En primer término, el país vive casi congelado en la mágica fecha de 1959. La invariable mitología revolucionaria, los mismos rostros, los mismos nombres, las mismas ideas, se suceden como en un cuento escrito por Borges. Es el tiempo circular que cubre la Isla como una campana neumática. No estoy haciendo literatura, sino describiendo un fenómeno real. Los cubanos no se enteraron de las formidables y decisivas corrientes antiautoritarias de la década de 1960. Todo lo positivo que puede dejar en Occidente el sacudidor movimiento hippy, con su desmitificación de las jerarquías, el orden y la obediencia, fue celosamente ocultado. La significación del Mayo francés de 1968 –la ultima ratio del levantamiento, y no el guirigay de la barricada– es un fenómeno remoto para los cubanos. Las ideas vigentes, los nudos de tensión, la última poesía, el último cine, el último teatro, la última literatura que no encajaban dentro de la retórica marxista, la antisiquiatría, el feminismo militante, la modificación liberadora de la conducta sexual –el sexo se da de baja en la ética en los prodigiosos años sesenta y regresa, poco después, en los ochenta, de la mano huesuda del SIDA–, Marcuse, Watts, Goodman, Fromm, Foucault, Lacan, el renacimiento de cierta vaga religiosidad, el orientalismo espiritual, el yoga, el redescubrimiento de Nietzsche, el Zen, el análisis de la subcultura, la contracultura, el cine underground, la literatura underground, la pornografía, los alucinógenos, la desconstrucción, el postmodernismo, el liberalismo y el neoliberalismo. Todo lo trivial, estúpido, profundo, nocivo o benéfico que configura nuestro tiempo ha sido ignorado por el pueblo cubano. La dirigencia revolucionaria, esa genial casta de superhombres, se ha dedicado sistemáticamente a taponar rendijas. Que nadie se entere de nada, que no salga una línea en un periódico, que no llegue un libro o un disco corruptor. Que la juventud no se desvíe de los sagrados caminos del marxismo-leninismo. Al embargo material de los Estados Unidos, los jerarcas cubanos han superpuesto un mucho más riguroso bloqueo espiritual. Ellos saben y definen lo que les conviene a los cubanos, ellos deciden lo que es bueno o malo, ellos protegen las frágiles neuronas de los pobrecitos criollos, criaturas incapaces de emitir juicios de valor.

El resultado de este monstruoso aislamiento –Cuba, a pesar de todo, está en el corazón de las Américas– es una desagradable sensación de anacronismo. Se sabe que el mundo que circunda la Isla avanza a un tiempo vertiginoso y distinto, arreado, es cierto, por Estados Unidos, Japón y Europa Occidental, pero esto no cambia las cosas. El cubano se asfixia en la jerga boba del marxismo-leninismo, cogido entre los dogmas, las prohibiciones y los temores teológicos de una nueva escolástica. Vive un tiempo cultural que no es el que le corresponde por su geografía y por su tradición. Esa penosa cara de niño asustado que pone el emigrado cubano ante una calculadora electrónica de bolsillo, o su estupefacción frente a las ideas demoledoras y luminosas de Szasz, Aron, Revel, Laing o Carl Rogers, o el ñoño horror ante el erotismo de una revista de avant-garde, reflejan su gallináceo pasado de avestruz caribeña. Tendrá entonces que reinsertarse en su tiempo. «Volver al mundo», como dicen las monjas de clausura cuando cuelgan los hábitos. Montarse en la máquina del tiempo para remontar una de las más decisivas épocas del mundo moderno y llegar al presente, viaje que no siempre se logra, porque la sincronización del hombre con su época debe ser un proceso natural y espontáneo. Algunos, desgraciadamente, quedan encapsulados para siempre.

El encogimiento del entorno

Para entendernos, tendremos que aprobar varias hipótesis de trabajo. Aceptemos –no es tan arbitrario– que una medida del progreso es el espacio vital que potencialmente tenemos a nuestro alcance. Me refiero a la prosaica posibilidad de desplazarnos en el espacio vital del punto en que nos encontramos a otro libremente elegido. Aceptemos que sucesivamente la bestia de carga, la rueda, el navío, el avión y la nave espacial son hitos en el progreso humano. Aceptemos –y ya estamos llegando– que en la medida en que el hombre hace uso de esos hallazgos disfruta del progreso. Me parece evidente que un inglés que pasa una semana en las Baleares o un catalán que acude en su coche a Perpignan está  ejerciendo el progreso, usufructuándolo, muchísimo más que un aldeano de las Hurdes, culturalmente autoconfinado al perímetro de su villorrio. En inglés hay una frase de admiración con la que se califica a cierta gente de gran movilidad: la «Jet Society». Por ahora, esto resume la idea.

¿Y qué diablos tiene que ver el espacio con la revolución cubana? Mucho. Cierto tipo de dictaduras herméticas producen una especie de asfixia moral. Esto no es una frase. ¿Por qué la loca estampida de los cubanos hacia los barcos, aviones, salvavidas o rústicas balsas que los alejan de Cuba? Por muchas razones. Aquí va una de ellas: porque se asfixian. Y una de las causas de la asfixia es la limitación de movimiento en el espacio, el extraño malestar que ha producido en el cubano un súbito encogimiento de su ámbito vital. La revolución, por cuestiones de economía y por su naturaleza simplista, ha reducido, de golpe, la capacidad de movimiento de los cubanos. Entre los reglamentos y el desastroso sistema de transporte, cursar el más sencillo trayecto es una calamitosa operación. Este problema es gravísimo en La Habana, donde vive un 20% de la población del país, y donde existían, por cierto, unos hábitos de desplazamiento más generosos. Obviamente, no me estoy quejando del transporte. Eso puede ser más o menos deficiente –en Cuba es tremendamente deficiente–, sino del terror claustrofóbico que le provoca a un bípedo urbano del siglo de las naves espaciales saber que su vidita va a transcurrir pastosamente encaramado en una bicicleta china, entre los muros metafísicos de las dos «cuadras» que separan la vivienda de su trabajo. Saber que su autonomía itinerante no tiene nada que ver con la de su prójimo de Caracas, San Juan o Madrid, puesto que la revolución –a la ni por asomo se le ocurre que el hombre tenga ciertas necesidades no descritas en El Capital– lo ha confinado a un diminuto potrero en el que apenas puede estirar las piernas, a no ser sobre los pedales de su heroica bicicleta. Habrá que añadir el término parroquialización para describir el fenómeno que se ha apoderado de los cubanos, pero existe y es terrible. Y causa asfixia.

No son éstos todos los males ocultos del castrismo, pero sí son, probablemente, los peores, porque atentan contra la esencia misma de la nación cubana. Cuba está muy enferma. Esa sociedad está radicalmente podrida y es preferible tomar cuenta de ello  antes de formular cualquier proyecto político. Lo primero, las medidas de urgencia de cualquier grupo que se proponga la sustitución del castrismo, tienen que estar orientadas a la restauración del espíritu social de los cubanos. Es absolutamente imposible crear un espacio urbano habitable si antes no se produce el milagro de la revitalización de la conciencia ciudadana y la devolución a esa pobre gente de cierto grado de esperanza en el destino colectivo. No se trata solamente de sustituir la ineficacia de la centralización planificada por la agilidad del modelo capitalista, y ni siquiera se trata de eliminar los mecanismos represivos creados por el comunismo sustituyéndolos por el Estado de derecho burgués y democrático –lo cual es necesario– sino de la titánica y mucho más difícil tarea de construir un pueblo civilizado y aceptablemente solidario a partir de una azorada masa de ciudadanos incrédulos y cínicos. El único factor de cohesión que el castrismo ha dejado vigente es el miedo al Estado, y el único generador de obediencia que existe en el país es el temor a las fuerzas represivas, o sea, exactamente los elementos que hacen repugnante al sistema, exactamente los elementos que borrar de la faz de esa sociedad si algún día se intenta la difícil empresa de vivir en libertad y sin las crispaciones de la ira.


Otros enlaces de Interés:

Fidel Castro y la Revolución Cubana: por Carlos Alberto Montaner